ORIENTAR ES EDUCAR: POR QUÉ DEBEMOS DEJAR DE CENTRARNOS EN EL ABANDONO ESCOLAR PREMATURO
Hannes Brandt (experto en orientación académica y profesional y responsable del programa UNKOVER) y Ana Caruezo Carnero (comunicadora científica y social).
Cada año, cuando se publican los datos de abandono escolar temprano, reaparece el mismo debate, centrado en lo que no funciona: la falta de orientadores, la escasa colaboración entre actores, la poca preparación y motivación de los y las jóvenes, o el aumento de necesidades específicas de soporte educativo. Este enfoque reactivo nos mantiene atrapados en el mismo ciclo: identificar problemas, proponer soluciones compensatorias y parciales, esperar resultados y recursos que nunca llegan.

Aunque el problema del abandono está bien definido y reconocido por los principales actores, y contamos con datos cada vez más esclarecedores, enfocar la orientación únicamente como respuesta al abandono limita profundamente su alcance. Es fundamental asumir una idea sencilla: no puede haber educación sin orientación. Orientar no es una tarea adicional ni exclusiva de especialistas en el momento del abandono o cuando hay riesgo de que este ocurra, sino la base para acompañar a las y los jóvenes en la construcción de una vida con sentido.
Un sistema educativo que ha cambiado… pero no lo suficiente
Durante los siglos XIX y XX, el sistema educativo europeo se diseñó para transmitir contenidos y clasificar al alumnado en itinerarios estables. En este contexto, la orientación académica y profesional se limitaba a un momento puntual al final de la secundaria, mientras que la orientación psicopedagógica, con un enfoque correctivo, se centraba en quienes se desviaban de la norma.
Aunque las reformas educativas de las últimas décadas han ampliado el acceso y diversificado los itinerarios, la concepción de la orientación apenas ha evolucionado. Hoy, este modelo resulta obsoleto. La creciente diversidad, las desigualdades, los cambios culturales y tecnológicos, y un mercado laboral transformado por la digitalización y la inteligencia artificial exigen una orientación que no sea puntual ni compensatoria, sino continua y adaptativa.
De la intervención puntual a la cultura orientadora
La orientación actual debería ser un proceso continuo que ayudara a cada joven a conocerse mejor, entender sus intereses y motivaciones, vincularlas con los contenidos curriculares y reflexionar críticamente, adaptarse a contextos cambiantes, y construir un proyecto vital flexible. Esto requiere que toda persona adulta en un centro educativo asuma un rol orientador, no solo el departamento de orientación o las figuras tutoras. El equipo docente, reforzado por la dirección, las familias y los agentes comunitarios, debe formar una red de acompañamiento.
Seguir reclamando más orientadores puede ser necesario, pero es un reflejo insuficiente. La verdadera transformación pasa por un cambio cultural, más profundo y más sencillo a la vez. Integrar la orientación como una práctica empoderadora desde etapas tempranas, en lugar de concentrarla en el último año de secundaria o limitarla a jóvenes con necesidades especiales. Al igual que la salud se sostiene con hábitos como el deporte o la alimentación equilibrada, el autoconocimiento y la reflexión vocacional deben ser un pilar cotidiano en la vida escolar.
Adoptar esta perspectiva no implica reinventar el rol docente, sino enriquecerlo. Requiere práctica, colaboración y formación específica para el profesorado, dotándolo de herramientas prácticas que faciliten este acompañamiento de forma más coherente y sistémica.
El poder de un lenguaje común
Un factor clave para el éxito educativo es la creencia compartida del profesorado en su capacidad colectiva para mejorar el aprendizaje y la motivación de sus estudiantes. Fomentar esta eficacia colectiva, requiere de dos ingredientes: un liderazgo educativo que parta de un propósito común y un lenguaje compartido por todo el claustro. Cuando la orientación se construye sobre un vocabulario sencillo y accesible para estudiantes, familias y docentes, se facilita la comunicación y se abren espacios para conversaciones significativas sobre intereses, motivaciones y proyecciones de futuro.
Un ejemplo claro es el modelo RIASEC, que clasifica los intereses vocacionales en seis tipos: Realista, Investigador, Artístico, Social, Emprendedor y Convencional. Usado como punto de partida y no como etiqueta definitiva, permite generar conversaciones periódicas sobre intereses y habilidades, creando espacios seguros y conectados a lo largo de toda la ESO.

¿Cómo funciona esto en la práctica?
En una clase de literatura, por ejemplo, al trabajar con relatos o novelas, la profesora puede preguntar: “¿Qué tipos RIASEC reconocéis en estos personajes? ¿Qué pistas nos dan sus acciones, relaciones o decisiones?”. Un protagonista podría reflejar rasgos Artísticos o Investigadores por su sensibilidad y curiosidad, mientras que otro, más práctico, podría mostrar intereses Realistas o Convencionales. Estas conversaciones funcionan como un puente cognitivo que permite a los y las jóvenes identificar similitudes y diferencias con los personajes y reflexionar sobre sus propios intereses.
Este ejercicio puede ampliarse a referentes actuales como músicos, youtubers o deportistas. Preguntar “¿Qué tipos RIASEC identificáis en esta persona?”, ayuda al alumnado a ver que el mundo real está lleno de trayectorias diversas y que no hay un único camino correcto, sino múltiples formas de construir una vida con sentido. Además, debates como estos pueden profundizar en cómo el contexto influye en las oportunidades y decisiones, abriendo la puerta a que cada estudiante explore sus propias posibilidades.
Este tipo de recursos cobran aún más sentido en contextos educativos con alta rotación docente, una realidad frecuente en centros de entornos complejos. Disponer de un marco compartido y fácil de aplicar, como el RIASEC, permite mantener la coherencia pedagógica y mitigar los efectos negativos en el alumnado. Un vocabulario común actúa como hilo conductor que trasciende los cambios de equipo.
Orientar es educar
Es positivo que exista un consenso creciente sobre la gravedad del abandono escolar prematuro. Sin embargo, no basta con reclamar más recursos o soluciones compensatorias. Debemos abandonar los discursos de déficit y centrarnos en las posibilidades: prácticas basadas en evidencias, aplicables y accesibles.
La orientación es una práctica educativa esencial que debe convertirse en el hilo conductor entre lo que las juventudes son, sienten, imaginan y pueden llegar a ser. Orientar significa partir de la convicción de que cada joven tiene intereses, talentos e inquietudes, incluso si no sabe identificarlos. Es mostrar interés por sus contextos y ayudarles a conectar sus inquietudes con lo que aprenden en clase.
Una buena orientación, antes de provocar resultados concretos, se mide por las nuevas preguntas y perspectivas que genera. Este cambio no requiere una revolución educativa, sino una evolución en la mirada: pasar de preguntarnos “cómo evitamos que abandonen” a “cómo acompañamos para que cada joven quiera construir su camino”. La respuesta está en nuestras manos, o mejor dicho, en nuestras conversaciones diarias con el alumnado.