CÓMO ACOMPAÑAR A INFANCIAS Y ADOLESCENCIAS EN SUS DESAFÍOS EMOCIONALES
Ana Caruezo Carnero (comunicadora científica y social).
La infancia y la adolescencia son etapas de transformación constante. Cambian los cuerpos, cambian los vínculos y cambian también las formas de sentir. En medio de este proceso, muchas niñas, niños y adolescentes se encuentran con retos que pueden superar sus recursos personales. En este contexto, la resiliencia es una competencia que se construye en la relación con otras personas, a través de vínculos seguros y espacios de confianza, y que permite trabajar la capacidad de afrontar dificultades, adaptarse y seguir adelante sin negar el malestar.

Fomentarla en infancias y adolescencias implica enseñarles a reconocer lo que sienten, pedir ayuda y buscar soluciones en vez de bloquearse o evitar el problema. La clave está en combinar vínculo seguro, habilidades emocionales y oportunidades de practicar, poco a poco, con apoyo adulto.
Actitudes del adulto que ayudan a fomentar la resiliencia
A menudo se confunde la resiliencia con la capacidad de “aguantar” o de sobreponerse rápidamente a lo que duele. Pero acompañarla implica validar la emoción, ponerle palabras y generar un sentido a lo que están viviendo.
Cuando niños, niñas y adolescentes sienten que su malestar es escuchado y legitimado, se reduce la autoexigencia y se abre la posibilidad de aprender de la experiencia. Como referentes adultas podemos:
- Ser modelo. Muestra cómo gestionas la frustración, el estrés y los errores. Por ejemplo, puedes verbalizar con ellos delante tu propio proceso, “esto me ha salido mal, respiro y lo vuelvo a intentar”.
- Acompaña sin solucionar. Los entornos educativos, familiares y comunitarios no deben evitar los conflictos, sino acompañarlos sin invadir, ofreciendo presencia, estructura y referentes emocionales claros.
- Sostener conversaciones emocionales, respetando sus ritmos y promoviendo la expresión emocional sin juicios. Es decir, no les fuerces a hablar si no quieren y, cuando lo hagan, no opines (“eres muy pequeño, ya lo entenderás” o “no deberías hacer esto”) y buscad soluciones conjuntas (“es normal que no te hayas sentido bien, a lo mejor la próxima vez podrías probar…”).
- Aprende a escuchar. No minimices lo que sienten y ofréceles seguridad. Es una de las bases para que puedan desarrollar confianza en sí mismos.
- Valida emociones, nómbralas (“veo que estás muy enfadado”) y transmite que es legítimo lo que sienten, pero que no todo comportamiento es aceptable.
- Crea un clima seguro. Con rutinas claras, normas coherentes, tono respetuoso y espacio para hablar sin miedo. Si, por ejemplo, cada vez que te cuentan un conflicto, les riñes o cambias el tono de voz, el mensaje que reciben es contradictorio, por un lado, invitamos a que hablen, pero por otro asociamos contarlo con recibir un correctivo.
Acompaña los desafíos según la edad
En la infancia, debemos resolver los problemas “con” ellos, no “por” ellos. Puedes:
- Hacer preguntas abiertas del tipo: “¿qué tres cosas se te ocurren que podríamos hacer?”.
- Permitir pequeños riesgos seguros (probar algo nuevo, hablar con otro niño, hacer una tarea solos…) con respaldo cercano.
En la adolescencia, podemos:
- Generar espacios diarios breves de conversación (en el coche, durante la cena, etc.) para hablar de lo que sienten sin interrogar.
- Trabajar habilidades específicas: poner límites, pedir ayuda, reparar tras un conflicto…
Habilidades emocionales clave
Uno de los pasos importantes hacia la resiliencia es la identificación emocional. Nombrar lo que sentimos amplía nuestro margen de acción. Dotarles de un lenguaje emocional les permite reconocer estados internos, regularse mejor y tomar decisiones más conscientes. Para ayudarles a poner nombre a lo que sienten podemos ayudarnos de:
- Un “diccionario de emociones”. Podéis crear, de forma conjunta, un repertorio de emociones con palabras y definiciones sencillas. Puede incluir emociones básicas y otras más complejas (frustración, alivio, orgullo, vergüenza…), adaptadas a la edad.
- Juegos proyectivos (tipo Dixit). A través de imágenes, historias o metáforas, los juegos facilitan que expresen lo que sienten sin tener que hacerlo de forma directa. Preguntas como “¿qué emoción representa esta carta?” o “¿cómo se siente este personaje?” les permite hablar desde el simbolismo.
- Un termómetro de las emociones. Visualizar la intensidad emocional (del 1 al 10, o de frío a caliente) ayuda a tomar conciencia de cómo se sienten y a identificar cuándo necesitan apoyo para regularse. Además, permite anticipar estrategias, no es lo mismo actuar cuando la emoción está en un nivel 3 que cuando ya ha llegado a un 9.
Además de mostrarles técnicas de regulación, como respiraciones profundas, pausas, movimiento, música u objetos calmantes. Con ellos podemos trabajar la autoobservación a través de espacios de reflexión donde lancemos preguntas abiertas:
- ¿Qué me ha pasado?
- ¿Cómo me he sentido?
- ¿Qué me ha ayudado?
- ¿Qué haría diferente la próxima vez?
Cuando se desborden las emociones
Hay momentos en los que se pueden ver superados por lo que sienten. En estas situaciones, es clave priorizar la co-regulación antes que la explicación o la búsqueda de soluciones. Cuando la emoción está en su punto más alto, el cerebro no está preparado para razonar, así que primero necesitamos bajar la intensidad.
Algunos elementos clave para acompañar estos momentos:
- Presencia tranquila. Estar cerca, disponibles, sin invadir. El simple hecho de no marcharse ya ofrece seguridad.
- Más que en las palabras, es importante centrarnos en el tono. Un tono suave, pausado y firme ayuda a que el cuerpo del niño o adolescente se calme.
- Validar sin juzgar. Con frases como “veo que estás muy enfadada”, “esto te ha dolido” o “ahora mismo es difícil” ayudan a que la emoción se sienta comprendida.
- Ofrecer anclajes corporales. Puede variar según sus necesidades, podría ser respirar juntas, apoyar los pies en el suelo o beber agua pueden ayudar a reconectar con el cuerpo.
- Evitar soluciones inmediatas. No es el momento de corregir, moralizar o “arreglar” lo que ha pasado. Ya tendremos tiempo cuando la intensidad se haya reducido.
Una vez la intensidad emocional ha disminuido, entonces sí podemos abrir el espacio para hablar, reflexionar y buscar alternativas:
- ¿Qué ha pasado?
- ¿Qué necesitabas en ese momento?
- ¿Qué te podría ayudar la próxima vez?
Acompañarles así enseña, a través de la experiencia, que las emociones no sobrepasan para siempre y que pedir ayuda y tener recursos es una forma de cuidado. La resiliencia es un proceso que fortalece la autonomía emocional y la capacidad de adaptación en contextos cambiantes. Invertir en bienestar emocional en la infancia y la adolescencia construye adultos más conscientes, conectados consigo mismos y con mayor capacidad de afrontar las dificultades que se puedan encontrar.